jueves, 13 de mayo de 2010

LUCIA FRAGA

Acea da Ma. 3-I-10

Se ha fundido la luz de mi flexo. Se ha ido la luz y no encuentro los fusibles. Tan sólo veo la pantalla de mi ordenador. Ese hilo conductor que me une al mundo en el que no vivo, porque es demasiado agitado y violento.

He abierto las ventanas de par en par, para que entre la respiración de la madrugada y oxigene este cuarto oscuro y mi cuerpo macilento. Hoy voy a soñar despierta con las puertas azules del limbo que la Iglesia ha derruido. El niño que fuimos, la inocencia y la pureza parece ya no tener cabida en ningún mundo de los muchos que vivimos. Como decía Umbral, la mano de un niño nos lleva de paseo y no a la inversa, por eso hoy quiero que un niño coja mi mano y me descubra lo bello y sencillo que hay en un puñado de tierra o en las olas del mar.

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VIAJE POR MI CEREBRO

DE PUNTILLAS

Hoy quiero pasar por la vida sin hacer ruido. Sin que nadie apenas se dé cuenta de que vivo. Podría quedarme en la cama, pero no puedo dormir. Hace meses que tengo insomnio. Quiero pisar la tierra de puntillas. Que hoy no haya personas en mi mundo. Necesito recogerme y dejar de pensar.

Hoy he sido la bella Ofelia ahogada y rodeada de flores con un velo invisible en los ojos. Me he ahogado. Pero estoy resucitando paulatinamente, a medida que tomo conciencia de mi cuerpo, a través del tabaco que exhalo con voluptuosidad por la boca y el café maravilloso de la cafetera italiana. Aún no me he vestido. Llevo una bata blanca de raso que era de mi hermana. Debe de tener unos diez años, pero todavía conserva el brillo del principio.

Nadie me ha visto. Nadie ha entrado en mi mundo y yo no quiero entrar en el mundo de nadie. Hoy es un día extraño. Me encuentro como fuera de la realidad. Quizá hayan sido las pocas horas de sueño. Mis sueños se han roto como copas llenas de champagne y tengo que ir recogiendo cuidadosamente los pedazos para no cortarme. Cortarse con un trozo de sueño bañado en Moët & Chandon.

Ahora mismo, tirada en el sofá escucho "Preludio a la siesta de un fauno". Me hace recordar "El planeta imaginario" de cuando era una niña salvaje e inteligente. No me gusta ir taconeando por la vida, porque me parece una grosería, casi algo obsceno.
Pero no por eso dejo de llevar zapatos de tacón. He llegado a tal punto de serenidad de mi vida que he comprendido que nada vale la pena. Por qué tanto llorar en silencio. Llorar hay que llorar a gritos hasta que el alma se desate y caiga a nuestros pies como una piedra que llevábamos al costado. Pero hasta para eso, hay que saber hacerlo en silencio y de puntillas. ¿Quién soy? No me preguntes eso, porque ya sabes que no contesto a absurdos.


DIOS SABE QUÉ

Alemania, sin fecha.

Las flores de las macetas del balcón se han congelado esta noche. Parecen pequeños cristales de colores sobre el gris del suelo helado.

He salido con mi bata bien amantada a contemplar este regalo que un dios desconocido ha hecho para mí. Dentro de casa huele a café recién hecho y a mantas revueltas de sueño, pero yo sigo hipnotizada contemplando las hermosas cristaleras y fumando Gauloises. Al fondo se escucha “Adagio” de Albinioni y me siento a gusto, sola en este mundo de cristal musical. Son estos momentos los que hacen que resista este exilio solicitado; este abandono sin querer; en suma, esta pérdida de mí misma. No me puedo permitir el lujo de pensarlo demasiado, porque sólo me calmaría un tiro en la sien.

Las flores siguen heladas, mientras mi café enfría. Fumo mi tercer cigarrillo y lo aplasto fuertemente contra el suelo. Es una sensación que va del deshago a la tranquilidad, del odio al amor, de Alemania a España, del cabrón de mi jefe a la dulce Lisseta. Luego, recojo la colilla y la guardo en un bote al que le he asignado esa función.

Me gusta tener la terraza impecable para sentarme en el suelo. Cuando me siento en el suelo es amenaza de que voy a barrenar. La solapada tiranía de mi jefe, los problemas de comunicación, que no quiero estar en España ni en Alemania, sólo en el recinto uterino de mi estudio, que ya no sé a quién quiero, que el verbo amar me parece un insolente invitado en mi mente. Siento que también mi corazón se ha congelado. Ya no distingo entre amar, querer u odiar.

En ocasiones, rompo las cartas que me escriben, porque me parecen tiritas demasiado ridículas para la herida tan grande que tengo. Quizá esté enferma de soledad. Sé que me estoy perdiendo una vida ahí fuera, pero ahora ya no me importa; supongo que a la larga me pesará. De todos modos, apenas tengo un segundo.

No paro de leer, porque la Universidad tiene una magnífica biblioteca y, como trabajo allí, me puedo llevar los libros que quiera. A veces, cuando mi jornada ha acabado, me voy a la sala de Literatura Española e Hispanoamericana –que siempre está vacía-, me siento en el suelo y me tiro horas leyendo y curioseando. Reconozco que, alguna que otra vez, lo he utilizado como manera de huir del piso donde se encuentra el Seminario de Románicas.

Las flores siguen heladas. Parece que hoy va a ser un día duro. Ojalá se pudiese mantener su belleza eternamente. Ahora salgo de casa, pero a la vuelta, las flores, desheladas, se habrán quemado en su propia hermosura.


2 comentarios:

Lucia Fraga dijo...

Gracias, Rick. Eres un encanto. No sabes cuánto te lo agradezco. Bicos.
L. Fraga.

RR dijo...

Muchisima sgracias, nos leemos vale?'